El mar que tú y yo vimos

Una ola. Luego, otra que llega. Ya son dos, que se abandonan; pero es extraño lo que dejan… Observo, y el sol, que antaño bronceaba tu piel, se avergüenza. Ya no quiere acariciar; solo quema. Verte allí me quema.

Otra ola. Tres, cuatro, otras nuevas se acercan. El susurro, que antes envolvía mi sueño, ahora suena a estridencia. Ya no calma, agita. Me agita verte allí, mas no despierto. Duermo. Inconforme, es cierto; pero duermo.

Olas, olas que antes iban y ahora rompen. Crestas que te envuelven, cuando te quieren, y que te escupen, cuando les sobras.
Más olas… Recuerdo las de aquellos tiempos, que mecían, entre chapoteos infantiles, mis propios pasos. Buscaba su cadencia, o acaso el destello de un insólito viaje. Pero ese viaje ahora no se muestra, se desploma, derramándose ante mí.

Olas, otras cien, otras mil, más de dos mil, solo este año…
Una marejada; molesta, a veces, otra silenciada. Así llegaste a mí. No erguido: exhausto, extinto. Y yo de pie, con mi pulcro uniforme, henchido de razones, que se me vacían con cada nuevo embate…

¿Cuántas olas más para entrar en ese mar? En el mar que tú y yo vimos.

Rafael de Luque Esteban.

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