¡Gracias, voluntario; gracias, voluntaria!

Hay una palabra en suajili, el idioma compartido por todos los tanzanos, que me resulta especialmente sugerente: “Upendo”. Habla sobre el amor o la compasión, pero no desde un sentido altivo o condescendiente, sino atento a la comunidad y a la humanidad de todos nosotros.
“Upendo”, tal vez, podría traducirse, en esta acepción, como un sentimiento de empatía, donde la persona es gente y nuestra identidad, en una parte esencial, lo es gracias a la contribución de los demás.

Sin duda, en nuestro entorno podemos observar una gran cantidad de personas que comparten tal sentimiento: las vemos en quienes aprovechan sus vacaciones para colaborar en el cuidado de los niños, en la protección de los animales o en la atención técnica en otro país; también en quienes leen bellas historias a aquellos que perdieron su vista o a esos otros (y otras) que, de manera imprevista, pero intuitivamente coordinada, salen de sus casas ante una situación de emergencia para echar una mano hasta desfondarse.

Yo fui uno de ellos en diferentes momentos, tanto aquí como en el extranjero, y debo decir que siempre observé en el voluntario unos rasgos comunes, dentro de sus diferencias y variedades, que eran muchas: generosidad, predisposición al aprendizaje y un tibio regusto de insatisfacción ocasional, como si siempre se sintiera que lo que se aportaba era menos de lo recibido. ¡Upendo!

De hecho, en mi trayectoria profesional he tenido la inmensa fortuna de compartir espacios de trabajo con tales personas; personas que deseaban ayudar a quienes fueron desplazados forzosamente de sus países por diversas causas, y que ahora entraban en una clase de español para aprender un idioma; al tiempo que el voluntario se introducía para enseñarlo, en muchos casos, por primera vez: ya fueran docentes jubilados de materias diversas, futuros profesores en ciernes e, incluso, personas sin formación pedagógica, pero con una inmensa energía y capacidad de conexión con otros.

Inevitablemente, siempre había inseguridades en las primeras sesiones. ¿Qué enseñar? ¿Qué contenidos impartir? ¿Cómo hacerlo en una sesión a la semana? También eran momentos donde se situaban ante sus propios prejuicios, que no siempre dibujaban al otro desde la negatividad, sino desde una imagen romanticista, que también convenía ajustar.
Momentos de duda en los que, necesariamente, se acudía a la experiencia previa. Experiencia derivada de otros contextos y que, en parte, podía ofrecer una respuesta para dar otro paso seguro, aunque, al mismo tiempo, mostrara sus carencias para abordar la especificidad del nuevo medio, cuyas exigencias aflorarían cuando pasaran las semanas y hubiera que situarse ante grupos tan heterogéneos, abiertos, con entradas y salidas recurrentes; y, muchas veces, expuestos a cambios estacionales por trabajo, búsqueda de empleo, cursos de formación y, en definitiva, las vicisitudes de una vida adulta, que se mueve y está buscando.

Es justo en esos momentos -observé-, cuando el voluntario más agradecía tener un acompañamiento; unos de manera puntual, otros más sostenido en el tiempo: la sensación, en resumidas cuentas, de que su esfuerzo importaba y se podía canalizar desde una información eficaz y una orientación envolvente que le acompañaría hasta alcanzar su plena autonomía dentro del aula. Siempre me sentí muy feliz, de hecho, cuando el voluntario, tras terminar el verano, regresaba para continuar un año más, y puedo decir, con orgullo, que los grupos se fidelizaban, ¡y de qué manera! -otra característica del voluntariado, a poco que se le cuide.

Ahora es posible hacerlo desde aquí, a través de una mentoría dirigida específicamente a ti, a tus necesidades y a tus preguntas. Y es justo por tu iniciativa y tu deseo de enseñar a otros por lo que que quiero aprovechar este espacio para agradecerte tu vocación, el tiempo que quieres dedicar a otros y, fundamentalmente, tu deseo de hacer de este mundo, que es el único que tenemos, un espacio más habitable, de no renunciar jamás a que unos y otros vivamos mejor.

Esa riqueza es la que los tanzanos te reconocerán cuando digan: “Kutoa ni moyo, usiseme utajiri”, la generosidad nace del corazón y de la voluntad, no de la cantidad de riquezas que uno posea.
¡Gracias, voluntario; gracias, voluntaria, por tu espíritu Upendo!

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